Declaración de Principios (entre Ateneas y Afroditas)

Declaración de Principios (entre Ateneas y Afroditas)

En esta bella obra del pintor español Enrique Simonet Lombardo, cuyo título es “El juicio de Paris”, observamos uno de los conflictos arquetípicos para el varón, (mismo que se soluciona socialmente con mucha simplicidad, obedeciendo las instrucciones de una sociedad prefabricada). Pausanias, el geógrafo viajero, en su Descripción de Grecia (V.19.5)  y en relación con esta puntual escena mitológica nos dice:

Hermes (el mensajero) llevando a Alejandro (Páris) el hijo de Príamo las diosas cuya belleza ha de juzgar, siendo la inscripción sobre ellos: «Aquí está Hermes, quien indica a Alejandro que debe decidir sobre la belleza de Hera, Atenea y Afrodita.»”

Tan importante fue esta percepción griega del acontecer humano, como lo sigue siendo ahora, pues el varón muchas veces fluctuó y aun sigue fluctuando su (aparente*) elección de pareja entre:

I) la mujer que representa el orden social y estatal (Hera), patrona de las casadas y de las mater familia o matriarcas, en este cuadro aludida por una mujer correcta y decentemente vestida según los cánones del buen ser y hacer griego; un brillo de lujo o bonanza refleja Hera, pues ella es el eje de la familia y de la vida familiar, es la administradora del patrimonio y la cuidadora del hogar. Ella está al centro del cuadro, sonríe con diplomacia y regalo a quien visita su santuario que es la casa. Hera es la madre respetable, al menos en apariencia.

II) Otra mujer, Atenea, es también la Sofía griega, es el conocimiento, representa la ciencia más pura, abstracta y perfecta, la verdad inmaculada, y es la musa del artista, intocable, inviolable, apenas se muestra tímidamente, pero nunca dejará ver sus secretos plenamente, su investidura es austera, semidesnuda su cuerpo eternamente núbil, su rostro adusto, serio, discreto, su pudor oculta el seno (la concupiscencia, los sentidos y los impulsos fundamentales) y el pubis (el “sacrum”, secreto). Atenea es la hija virginal que no debe ser mancillada, ni por propios ni por ajenos, pero siempre anhelada, buscada y pocas veces encontrada.

III) Otra mujer más, Afrodita, es la patrona del amor carnal, del impulso copulativo, del rapto acordado, del amor permanentemente ilícito, sea en el adulterio, en el incesto o en el burdel con las prostitutas más amenas. Su cuerpo refulge en la medida que lo ofrece abiertamente y sin obstáculos, sin condiciones aparentes. Inclusive sus palmas miran hacia París que con guirnalda de hiedras y vestimenta felina (la presencia del salvaje e indomable Dionisos)  acaricia a una domesticada cabra. Un dáimon con aspecto infantil y con alas ha desvestido a Afrodita para mostrar y deslumbrar con su poder terrenal que es su desnudez. Es la luz vuelta carne, humedad y caos creativo

Paris un joven e intempestivo pastor cabrero, (la cabra y en especial el macho cabrío es un animal vital y lascivo por naturaleza), eligió a Afrodita y ella agradecida en su vanidad le premió dándole el cuerpo y el amor de Elena (en ese orden), la mujer más bella de su tiempo. Hera, la decente madre y Atenea, la prudente sabiduría tomaron venganza permitiendo la muerte de Héctor el justo y hermano mayor de París dada la insensatez afrodisíaca de Paris, culminando con la destrucción de Troya. Un pavoreal en todo su esplendor de lujuria y belleza, separa a Afrodita de las adustas diosas de la moderación.

Por lo regular, todo hombre sano y naturalmente dispuesto necesita del poder (daímon) de las tres diosas, a veces simultáneamente, a veces dominando más una de ella aunque, a veces también las tres en una sola mujer y otras veces en varias… No hay que extrañarse al respecto, los griegos exploraron esto mucho tiempo atrás y no se equivocaron; las imágenes y estructuras mitológicas son vigentes y la mayoría de las mujeres lo saben, al menos lo intuyen, aunque algunas fingen no saberlo  y en secreto ofrezcan sus más fervientes votos a Hera, a cambio de convertirse momentáneamente en Afroditas e inclusive en Ateneas…

Particularmente mi tendencia existencial y viril fluctúa más entre Atenea y Afrodita, y evito a Hera o a sus adeptas por parecerme la domesticación (uno de los estados de la no-decisión) no grata ni sana a mi persona, aunque acepto por otra parte que una hija de Hera, –de vez en cuando– me ayudaría a organizar mejor mi casa y mis finanzas, pero como no sé cuanto tiempo voy a vivir, he optado por quedarme oscilando y refocilándome entre la virginal Atenea (quien me sonríe cuando me asomo a la ciencia, al arte o a la filosofía) y entre la férvida Afrodita (quien me ofrece sus tesoros durante un crepuscular instante)… sin demandarme sensatez alguna.

Cuanto les debemos a los griegos… ¡y cuanto le debo yo a Atenea y a Afrodita!

*Aparente, pues la que elige es la hembra al final de cuentas, como sucede regularmente en el reino animal.

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