Por un feminismo femenino…

Por un feminismo femenino…

  Nos dice Esther Vilar:

 El feminismo «masculino» perjudica a la mujer

  Como ya queda dicho (El varón polígamo, capítulo «Los periodistas como padres públicos»), la teoría de la opresión de la mujer fue expuesta por hombres -hombres como Marx, Engels, Bebel y Freud- y aún hoy sigue siendo sostenida principalmente por hombres. Apenas hay un intelectual que no esté convencido de que a las pobres mujeres viven en una sociedad dominada por los varones. La voluntaria humillación de la mujer es, como se ha dicho, un importante elemento en la doma del hombre, ya que este sólo trabajará a gusto y mucho para quien se muestre débil y sumisa. También los grandes defensores de los derechos de la mujer fueron sometidos a este lavado de cerebro: desde su más tierna infancia, fueron manipulados por sus madres, burguesas ellas, y hasta el fin de sus días siguieron siendo víctimas de la explotación ejercida por las mujeres. Sus esposas, burguesas ellas, procuraban, incluso, que su poquito trabajo doméstico lo hiciera el servicio. Por tanto, el orden de ideas de estos corifeos -especialmente cuando se aplica a la mujer actual de los países industriales de Occidente-, se destaca como un compendio del pensamiento lógico. Una mayoría, compuesta por los individuos que viven más años, trabajan menos y, en general, disponen de más dinero, nos es presentada como víctima de una minoría que vive menos, trabaja más y, en general, es más pobre. De todos modos, son muy pocas las mujeres que se ríen abiertamente de este planteamiento. La mayoría, por razones evidentes, se limita a sonreír para sus adentros.

  Pero también hay mujeres que se quedan tan impresionadas con la lógica masculina que no sólo no la atacan, sino que la corroboran respetuosamente. A estas mujeres -mujeres como Beauvoir, Friedan, Millet, Firestone, Greer- tienen las otras mucho que agradecer. No sólo porque han considerado su posición con tanto afán ni porque defiendan sus monopolios con tanto tesón, sino, además, porque, en general, les han dado categoría filosófica. Porque, al igual que un jefe de tribu africano que va de visita a un país industrializado de Occidente impresiona con la perfecta imitación del anfitrión -por ejemplo, con irreprochables modales en la mesa y una perfecta retahíla de citas de autores de gran predicación en el país-, las mujeres intelectuales antes de poder aspirar a triunfar en el campo de las ciencias de la mente, tuvieron que demostrar que podían pensar del mismo modo que los intelectuales hombres. Después de esta labor de las pioneras, las otras podrían atreverse a dar el siguiente paso y demostrar que ellas también pueden pensar de otro modo. Y explicar a los hombres tanto los defectos de su teoría social como las causas de tales defectos.

  Porque la repetición de la tesis de la opresión de la mujer por boca de las intelectuales femeninas no la hizo más plausible. Sobre la tiranía del hombre pueden escribirse libros largos o cortos, apasionados o aburridos -de todos se han escrito a montones-, pero lógicos, no. A no ser que se dé a las palabras un sentido nuevo: si explotación significa que el explotado vive más, trabaja menos y maneja más dinero que el explotador, no hay más remedio que reconocer que las mujeres son víctimas de una ignominiosa explotación. Si privilegiado significa que uno tiene que cargar con más inconvenientes -que tiene que ir al frente, realizar trabajos más peligrosos, más sucios y pesados durante muchos años-, entonces no cabe duda de que los hombres gozan de grandes privilegios.

  De todos modos, todavía no se han invertido los términos, por lo que, de acuerdo con el uso corriente del idioma, puede considerarse fracasado el movimiento de liberación femenina. Sólo se puede liberar al que estaba oprimido. Si nadie se siente víctima, no hay posibilidad de provocar una sublevación. Todo lo que durante los cincuenta últimos años ha modificado la situación de la mujer en sentido positivo y que las defensoras de los derechos femeninos consideran haber obtenido con su campaña hubiera llegado de todos modos: la «liberación» sexual de la mujer es consecuencia de sensacionales descubrimientos en el campo de la prevención del embarazo y de las enfermedades venéreas (es decir, una revolución hecha por los hombres). La creciente tendencia de la mujer a trabajar fuera de casa es consecuencia del aburrimiento que generan la automatización de las labores domésticas y el control de la natalidad (otra revolución hecha por los hombres). La legalización del aborto es consecuencia de la disminución de la influencia de la iglesia en la legislación;era una medida que antiguamente estaba bloqueada por el voto femenino, mucho más conservador que el masculino. (Según todas las estadísticas, en los países industriales industrializados, los hombres que han votado por la legalización del aborto han sido siempre más numerosos que las mujeres. Suiza, antes ya de la implantación del voto femenino, era el país que tenía a este respecto una legislación más avanzada.) Los partidarios de los derechos de la mujer que pretenden atribuir estos logros a su iniciativa hacen como el niño que se coloca al lado del jefe de estación y que imagina que es él quien, con sus ademanes, ha dado la salida al tren. La única modificación que en cierta medida puede atribuirse a la iniciativa femenina es la introducción del voto de la mujer. Dado que con ello parecía haberse conseguido todo, ya no hubo necesidad de conseguir más.

  Y, como las mujeres no están oprimidas, a pesar de todos los esfuerzos de los partidarios de los derechos de la mujer, no ha sido posible despertar la tan cacareada solidaridad femenina. Lo que hoy circula con esta etiqueta son comunidades de intereses disfrazados de movimientos feministas. Según sus objetivos, se distinguen aquí cinco agrupaciones diferentes:

1. Organizaciones para la supresión de la competencia masculina en el sector público (feminismo proteccionista).

 

2. Organizaciones para la lucha contra el aburrimiento (feminismo recreativo).

 

3. Organizaciones para la supresión de la competencia masculina en el campo de la sexualidad (feminismo “lesbiánico”).

 

4. Organizaciones para la implantación de sistemas totalitarios (feminismo marxista).

 

5. Organizaciones para un más racional aprovechamiento de la mano de obra masculina (feminismo reaccionario).

  Todas estas organizaciones pueden considerarse favorables a la mujer si por feminismo se entiende la obtención y defensa de privilegios femeninos. Pero, si se miran como objetivo de un movimiento dirigido a hacer de las mujeres personas íntegras desde el punto de vista de la ética -es decir, unos seres que no tengan que prosperar a costa de otros-, entonces serán contrarias a la mujer. Así como las madres chinas de antes de la Revolución hacían de sus hijas unas impedidas corporales de lujo, vendándoles los pies y las madres occidentales de hoy hacen de sus hijas unas impedidas mentales de lujo «prometiéndoles» desde niñas el matrimonio (una vida en la que otro pensará por ellas), las organizaciones que presentan al hombre como enemigo de la mujer impiden que sus miembros puedan ser como debieran: personas adultas inteligentes, independientes, amadas y deseadas por su esposo.

  Porque la emancipación femenina que parte de una teoría social masculina -manipulada por la avidez femenina y, por lo tanto, falsa- sólo puede dar resultados falsos. Las feministas «masculinas» -las mujeres que pretenden poner en práctica una fórmula ideada por hombres y, por lo tanto, necesariamente divorciada de la realidad, para modificar la situación femenina-, tienen que fracasar forzosamente. Sobre unos malos cimientos no puede  edificarse una casa habitable. Dado que el feminismo inventado por los hombres se basa en la idea de que las mujeres son explotadas por los hombres hace de las mujeres que lo profesan enemigas de los hombres o cínicas: personas adultas, inteligentes e independientes, pero no amadas, o niñas tontas, dependientas y amadas que despiertan el instinto paternal del hombre con mayor sangre fría que la que tuvieron para explotarlo generaciones anteriores de mujeres. O bien -y esta es acaso la variante más peligrosa- se deja manipular descaradamente para preparar el terreno a sistemas totalitarios bajo los cuales el oprimido no es ya sólo el marido, sino también la esposa y los hijos van a parar al asilo.

Modelo para un nuevo machismo

Esther Vilar

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2 comentarios

  1. corina fierro

    Muy buen articulo, tengo un programa de radio sobre violencia familiar, creo que lo adecuare para mi auditorio y lo dire al aire, me dan permiso?, gracias! saludos

    1. Carlos Umbral

      Con gusto. Sólo te pedimos que por favor menciones que se trata de un escrito de Esther Vilar y comentes que lo viste en theobroma.mx
      Gracias por tu visita. ¡Saludos!

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